domingo, 13 de noviembre de 2016

CAPÍTULO 9. EL SEXTO DE BACHILLER. #SIEMPREFUIMAESTRA

Capítulo 9. El sexto de Bachiller. 


Ese curso fue muy especial. Marcaba el final de mis seis años de bachillerato. Había estado en el instituto, que en la actualidad se llama IES Doñana, más tiempo que en los distintas aulas de Educación Primaria. Recuerdo bastante bien todos los espacios del antiguo instituto, aunque hace muchas décadas que no he tenido la oportunidad de volver por allí. Espero poder hacerlo muy pronto.



En el curso setenta y cinco-setenta y seis, cursaba Sexto de Bachiller oficial con Beca. Tenía las siguientes asignaturas: 

Religión, Latín, Lengua y Literatura, Geografía e Historia, Filosofía, Griego, Educación Física, Ed Cívico Social, E. Hogar.

Este curso tampoco recuerdo quien era mi tutor, ni la clase en la que estaba. No he encontrado ninguna evidencia, que haga aflorar mis recuerdos. Pero, sí tengo un recuerdo intenso y vivo, de otro de los profesores que recuerdo con cariño: Don Bernardo, mi Profesor de griego. Llegó ese curso al instituto. Era especialista en griego. Nada más llegar, había una cuestión en el aire que nos preocupaba y que puedo recordar nítidamente: ¿El alumnado que el curso anterior había tenido sobresaliente en griego, este año con el nuevo profesor, tendría también tan buena nota? No recuerdo exactamente el por qué de esa cuestión. Pero, a los pocos meses, pudieron comprobar que esos alumnos/as, teníamos las mismas buenas que el curso anterior.

Éramos pocos los alumnos que estudiábamos griego. Recuerdo perfectamente el aula en el que estábamos. Puedo a ver a Don Bernardo: cómo se sentaba, como miraba, y sobre todo, puedo escuchar su voz nasal diciéndome "Eugenia la traducción". 

El griego como ya conté en el capítulo anterior, me gustaba y se me daba bien. Este curso aprendí muchísimo, pero también trabajé cada día. Muchas traducciones que no todos los alumnos/as de la clase hacían y que copiaban de los que las hacíamos. Los deberes de casa. Nunca los entendí y me parecían injustos.

Ese curso tenía filosofía. Otra materia nueva con la que disfruté. Pero no logro poner cara, ni nombre al profesor/a. Tampoco tengo evidencias del cuaderno de esa materia, ni del libro de texto... pocos recuerdos. pero sí la certeza de que me gustaba y aprendí mucho.

Lo que sí permanece intacto al paso al tiempo, son los cojines de crochet que ese curso realicé en la asignatura de labores. No recuerdo cuántos pude crear, pero sí que eran de colores diferentes. Todas mis titas tenían uno. Mi madre aún sigue teniendo los suyos.



Tengo vagos recuerdos de los contenidos que "dábamos" en la asignatura de Ed Cívico Social, a la que todos llamábamos "política". Pero si recuerdo uno de los planteamientos que nunca he podido olvidar: "los ricos y los pobres". La profesora comentaba que siempre habría en la vida "gente rica y pobre" y lo argumentaba con el siguiente ejemplo: Imaginemos que a todo el mundo le quitamos el dinero que tiene y que todos empiezan de nuevo, partiendo de cero. Todos comienzan a ganar dinero. Unos ahorran, mientras otros, todo lo que van ganando, lo van gastando. Al cabo del tiempo, unos son ricos y otros son pobres. Esta argumentación me pareció tan increíble y tan simplista, que a día de hoy, parece que la estoy escuchando. Por supuesto que no estaba de acuerdo, pero para qué argumentar...eran otros tiempos.

La religión, como ya he comentado en varios capítulos anteriores, marcaba la vida dentro y fuera del instituto. Ese curso no recuerdo quien era el profesor de religión. Pero lo que sí recuerdo vivamente y con mucho cariño, a nuestro cura favorito. Todo un acontecimiento muy agradable su llegada al pueblo. Una maravillosa persona llamada Paco Echevarría, nos cautivó desde el minuto uno. Cambió totalmente la forma de la misa de los domingos por la mañana a las 12, que era la de los niños. Era una misa dinámica, divertida...Y que decir de las confesiones. El giro fue enorme: hacía las confesiones colectivas en el sagrario. Nos reunía a todos y hablábamos. Siempre recuerdo esos momentos. Hizo tantas cosas por los jóvenes de nuestra generación, que todos los adolescentes de aquellos años, sentimos por él una profunda admiración y un cariño inmenso.

Pero, toda la alegría que teníamos de estar con él, un buen día se truncó. Vino la guardia civil... Comentaron que se lo habían llevado a Roma. Durante años, hemos hablado de él y yo siempre me he ido preguntando ¿dónde estará? ¿cómo será su vida?... Tenía muchas ganas de saber de su vida. Y hace unos meses, después de muchos intentos, lo localicé y tuve la gran fortuna de hablar por teléfono con él, más de media hora. No puedo describir la inmensa alegría que sentí y que aún siento, porque sé donde está y que está "disponible y cercano" como lo estaba hace cuarenta años. 

Mis preguntas han tenido respuestas. Ahora sé que está en Huelva, y desde julio de 2014 es Vicario General de la Diócesis de Huelva. Me he emocionado al leer una entrevista suya en la que cuenta todo aquello que me había preguntado todos estos años. De Paco Echevarría, diría como dice una amiga mía, "habría que clonarlo". Gracias por lo mucho que nuestros corazones sintieron y aprendieron del tuyo, Paco. 



Al hilo de este recuerdo, llega otro también muy amable y sorprendente: "La casa de las monjas". En esa época había unas monjas en el pueblo, que no sabría decir a qué congregación pertenecían, pero que eran, como decían en el pueblo, "muy modernas". En cierto modo era así. Recuerdo que un nutrido grupo de chicos y chicas nos íbamos a reunirnos a la casa de las monjas a hablar de nuestras cosas de adolescentes y como no, uno de los temas, era el sexo. Cuántos recuerdos de compañeros/as y amigos de aquellas reuniones. 

Ese curso fue también, el año de las cuchillas de afeitar. Mi padre usaba unas de hoja ancha que metía en un soporte metálico. Muchas veces vi su cara con cortes hechos por las cuchillas, al afeitarse. Las tenía en el cuarto de baño y no le gustaba que nadie las cogiera. Pero... ese año, me afeité las piernas, y lo hice con sus cuchillas. Mi madre siempre me dijo que no se me ocurriera afeitármelas, pero aproveché que un día salió de casa bastante rato y cuando volvió, ya me las había afeitado. Poquísimo tiempo después, descubrí el porqué de su consejo. A partir de entonces, nunca más volví a utilizar ni las cuchillas de mi padre ni ninguna otra.



Junto a las cuchillas, estaba la cajita de "Bella Aurora" que usaba mi madre y cerca de las repisa, los rulos que desde años atrás, ya había aprendido a poner a mi madre, a mis vecinas... Hacer de peluquera, también se me daba bien y me gustaba. Había aprendido de mirar como lo hacían en la peluquería, cuando iba con mi madre. Cuántos recuerdos al ver por la calle las cabezas de las mujeres con los rulos puesto, a lo largo de todo el día.



Otro recuerdo asociado a ese año, vienen de la mano de mi querida tía Asunción. Le encantaban las plantas y las cuidaba muy bien. Guardaba cualquier objeto que le pusiera servir para plantar geranios y gitanillas. A día de hoy, si cierro los ojos soy capaz de ver sus latas grandes de tomate, con el color marrón del óxido, como tiesto de maravillosas flores de colores. Los helechos también le gustaban mucho. Tengo la suerte de tener en mi casa, un par de helechos suyos, que mimo cada día desde que ella murió hace casi treinta años. Es toda una alegría mirarlos, mimarlos y cuidarlos de la misma forma que ella lo hacía.



La música seguía siendo una de mis pasiones. La radio me acompañaba cada día. Las canciones que por entonces escuchaba, sonaban en la voz de: Sergio y Estíbaliz, Paco de Lucía "entre dos aguas", Camilo Sesto "Melina"  o Georde Dann. 



Relacionada con la música tengo otro hermoso recuerdo. Una de mis amigas de aquellos años era Mª Antonio Vázquez. Recuerdo que a ella y a un buen grupo de amigas, nos gustaba coger el tocadiscos y los discos e irnos a una zona alejada del pueblo, a escuchar música. Creo que era de ella, ese viejo tocadiscos que tengo en mi memoria.

En la tele podíamos ver entre otros programas, a los payasos de la tele, que tanto nos hacían reír.





Hay dos hechos de esta época que recuerdo muy bien y que no he podido olvidar. 

Uno de ellos, todos los hemos ido recordando a lo largo de los más de cuarenta año de su muerte. Hacía tiempo que la esperábamos. Y ese día, estábamos expectantes ante la tele en blanco y negro, esperando escuchar la noticia. Era 20 de noviembre de 1995. En mi casa una inmensa alegría, pero también, mucha incertidumbre y miedo. Y luego... los días de vacaciones que tuvimos y que tanto disfruté. Dos días después, el 22 de Noviembre de 1975, pude ver por televisión el juramento de Juan Carlos I, rey de España en el Congreso de los Diputados.



El otro hecho es la huelga por el instituto. En aquellos años no interesaba la cultura. A día de hoy, sigue sin interesar. El porqué, ya lo sabemos. La decisión de los poderes políticos de esa época, era dejar que se cerrara el instituto. No podíamos consentirlo. Así que hicimos una huelga en la que hubo detenidos. Aún conservo las pegatinas de esa huelga y la inmensa tristeza que me producía pensar en no poder terminar mis estudios en mi instituto.


El final de este intenso curso, el 24 de junio de 1976 dejó paso a las merecidas vacaciones.

Este fue mi último verano en la salvaje Matalascañas que empezaba a urbanizarse. Ya había luces por la noche en la urbanización que veíamos desde nuestros ranchos de madera. Abrió sus puertas el primer supermercado, una heladería, el estanco, la primera discoteca "El Faro Rojo"... Ese verano fue muy mágico, tal vez porque las hormonas adolescentes me tenían secuestrada. Unos maravillosos meses en los que seguía haciendo de maestra mientras guardábamos las tres horas de la digestión después de almorzar. Guardo un cariñoso recuerdo de mi amiga Loli, con la que compartí muchos atardeceres de risas y confidencias y también de algunos amigos con los que iba alguna vez a esa discoteca. A veces me pregunto ¿Qué habrá sido de ellos? 

Ese verano, también estuve en Punta Umbría con mi amiga Mª José. Siempre recordaré la maravillosa semana de aventuras vividas.



Ya entonces, mis pensamientos y sentimientos, eran bastante similares a los que tengo en la actualidad, aunque hayan pasado tantas y tantas décadas.


...CONTINUARÁ...

domingo, 4 de septiembre de 2016

CAPÍTULO 8. EL QUINTO DE BACHILLER. #SIEMPREFUIMAESTRA

Capítulo 8. El quinto de Bachiller.


Con el quinto curso, empezaba el Bachiller Superior. Una nueva etapa que comenzaba con mi nuevo look de pelo corto y totalmente a la moda de la época. Pantalón de campana de Cheviot y rebeca larga, aunque para ir al instituto, tenía que llevar el uniforme que tanto me desagradaba. Los altos zuecos de plataforma aún los recuerdo. La tarde de "posadito" fotográfico también.

En el curso setenta y cuatro-setenta y cinco, seguía estudiando por el Plan de 1967, en Enseñanza oficial con Beca. Tenía las siguientes Asignaturas:

Religión, Latín, Griego, Ciencias Naturales, Idioma, Dibujo, Educación Física, Ed. Cívico Social y E.Hogar. 

Este curso no recuerdo quien era mi tutor, ni la clase en la que estaba. El director seguía siendo Don Javier Meier y el secretario Antonio Domínguez.

Una de las novedades del quinto curso, era la división del alumnado en dos ramas: los de ciencias y los de letras. A mi siempre me gustó más y se me dio mejor, las ciencias, pero tenía claro que quería ser maestra y me decanté por las letras. Las matemáticas, era la primera vez en mi vida, que no iban a formar parte de los aprendizajes de este curso.

Otra de la novedades era la nueva materia: griego. Yo estaba emocionada. Al fin, algo nuevo que nunca antes había visto. Rápidamente me aprendí el alfabeto, el nombre y la escritura de las letras... Recuerdo que me gustaba escribir mi nombre con las letras griegas. Luego descubrí, que escribiendo así, casi nadie sabía lo que escribía... 


Día a día, el aprendizaje de esta materia se hacía más fluído y al poco tiempo, ya era capaz de realizar pequeñas traducciones ayudada de mi diccionario de griego. Conservar estas libretas y volver a mirarlas, de vez en cuando, me hacen volver a esa etapa de mi vida. ¡¡¡Qué importante son los nuevos aprendizajes y cuánta emoción producen!!!





El latín también volvía a ser una de las asignaturas de este año. Seguía gustándome, pero me aburría tener que hacer ese tipo de traducciones.


En quinto, también teníamos francés, así que ... más traducciones... 


Por las tardes, al llegar a casa, la mayor parte del tiempo lo empleaba en hacer las traducciones de latín, griego y francés. Nunca entendí porqué no se hacían en clase y porqué al día siguiente, se perdía tanto tiempo en corregirlas. Me aburría muchísimo. Quizás fuera entonces, cuando empecé a entretenerme haciendo este tipo de dibujos...

Otra de las novedades de este curso, que recuerdo con cariño, era la llegada de un nuevo profesor al que todos llamábamos Toni Torres (Antonio Torres García). Un profesor cercano y amable, que era psicólogo. Me daba clases de francés, latín y creo que también de griego. Con él lo pasábamos muy bien, nos reíamos y hablábamos no sólo de las materias. A día de hoy, cuando lo recuerdo con compañeras de clase de esos años, reímos con algunas de las bromas que los chicos más traviesos, le gastaban. 

Lo recuerdo muy bien. No era muy alto y en invierno llevaba puesta su "trenca"a la que todos le llamábamos la "nana", porque él parecía que estaba metido en una nana. Cuando paseaba por la clase (él era de los pocos profes que no se quedaba sentado en la mesa), algunos chicos le metían los capuchones de los bolígrafos en los bolsillos de la trenca. Siempre sospeché que sabía perfectamente y que se daba cuenta de lo que ocurría, pero no le daba importancia. Hoy, estoy segura que se lo tomaba con humor y se hacía el despistado. 

A mi supo comprenderme desde el primer minuto. Tal vez por eso, es uno de los profesores que recuerdo con más cariño. Sólo estuvo con nosotros ese curso, pero a lo largo de los años, seguí interesándome por su vida. Fue durante muchos años alcalde de Lebrija. No pierdo la esperanza de volver a encontrarme con él y de comentarle, que yo también soy psicóloga y que él marcó parte de mi camino. Seguro que  le contaré que yo también hago que no veo muchas de las cosas no importantes que suceden cada día en las clases, porque lo verdaderamente relevante e importante, no escapa jamás a mi mirada y a mi corazón.







Este año también continuábamos realizando labores. Aún conservo el creativo álbum que realicé con las distintas labores, que siempre valoraban muy bien las distintas profesoras que impartían esta asignatura.

Toda una prueba de paciencia y trabajo, la realización de los bordados, las muestras, remiendos, pespuntes, vainicas, los zurcidos, la pieza rayada, las costuras y el avispero.


Y en quinto, nuevamente teníamos Dibujo. Me encantaba. El profesor seguía siendo Don Miguel, otro de mis profesores preferidos. Pero la materia de este curso, era más compleja. Había que hacer unas láminas en las que teníamos que trazar la planta, el alzado y el perfil y además, había que terminarlos con el tiralíneas y la tinta china. 

Recuerdo perfectamente como el profesor explicaba y dibujaba en la pizarra la forma de realizarlas. No era fácil y una de mis amigas, Nely, no se enteraba bien de como había que hacerlas. Así que yo preguntaba una y otra vez, para que volviera a explicarlo, no porque no me hubiera enterado, sino para que ella lo aprendiera. Yo lo captaba a la primera y se me daba muy bien dibujarlos y no me importaba hacer que Don Miguel lo repitiera. Nely se sentaba detrás mía y cuando la miraba y veía que ya se había enterado, me sentía contenta. Luego yo le ayudaba en todo lo que ella necesitaba. 

Sentada delante mía, estaba otra de mis amigas, Pepi Martín. A ella se le daba genial utilizar el tiralíneas con la tinta china y hacer con él los distintos grosores de las líneas. En clase empezábamos los dibujos y en casa los terminábamos. Nosotras habíamos decidido trabajar en cadena. Yo hacía el dibujo de Pepi y el mio y ella, le daba la tinta china a los dos. Luego, en mi casa, yo hacía el dibujo y le daba la tinta al de Nely. Cada una de nosotras le entregábamos nuestro trabajo al profesor. Y ahí venía la sorpresa. A mi siempre me ponía muy buena nota, mientras que a Pepi le ponía un poco menos y a Nely un aprobado. Ninguna de las tres lo entendíamos. A mi me parecía muy injusto. 

Al final del curso y como nota final me puso una Matrícula de Honor. Ya hace bastantes años que entendí perfectamente lo que entonces no era capaz de ver. A Don Miguel le daba igual el producto final que entregábamos. Él sabía perfectamente lo que cada una de nosotras era capaz de hacer. Estos hechos siempre me han llevado a no mandar deberes para casa y a estar muy atenta a las verbalizaciones que realiza el alumnado sobre las injusticias. Cada día, le repito al alumnado, que los profesores sabemos perfectamente qué hace y qué es capaz de hacer cada alumno, sobre todo, cuando Trabajan en Equipo. 

Hacer los dibujos a esta querida amiga, no era algo raro y ocasional. Siempre a lo largo de toda la escolaridad, he hecho en casa los dibujos que les mandaban en clase a mi hermana, a mis primos, a una vecina, etc Estos hechos, también han conformado mi forma de ser maestra.

Asociado a este curso está también otro recuerdo. Sucedía cada año. No recuerdo exactamente en qué fecha se producía. Un día determinado, nos sacaban a todos los alumnos del instituto y nos llevaban a la puerta de la iglesia y mirando hacia la cruz de los caídos, nos hacían cantar el cara al sol. Yo siempre me situaba al final porque nunca me lo aprendí. Movía la boca como si lo cantara y esperaba que se terminara cuanto antes. Ese año, en ese día, me hicieron esta foto con el uniforme del instituto, pero no recuerdo quien me la hizo. 


Tampoco recuerdo si algún año hicimos alguna excursión. Puedo imaginar que no. Un hecho así lo recordaría. Pero en este curso fuimos a Sevilla. Recuerdo perfectamente cada detalle del viaje, el pantalón que llevaba puesto y cómo me monté en una de las barquitas de remos en la Plaza de España. Pudo ser entonces cuando descubrí que me gustaba mucho salir de excursión, viajar y conocer lugares nuevos.

Cada tarde, además de hacer deberes y estudiar, seguía compartiendo con las amigas momentos de risas y las primeras confidencias sobre el chico del instituto cuyo nombre coincidía con las letras del mío: MEP y que me parecía tan guapo. A ambos nos sacaban a veces, juntos a la pizarra. Era mas bajito que yo y tenía unos maravillosos ojos claros. Mi primera mirada prendida, en unos ojos que me miraban. 

Otro de los entretenimientos seguía siendo ver la tele con las amigas. Ver la tele era siempre un acto social que provocaba el diálogo compartido. La casa de la pradera, era una de las series que veía y que sentía. ¡¡¡Cuántas emociones despertaba en mi!!!



La música en este año va irremediablemente asociada a las canciones de Camilo Sesto, Mocedades, Manolo Otero... A día de hoy, cuando las escucho, soy capaz de recordar la letra de muchas de esas canciones, al completo.



El campo también era una constante en nuestra familia. Nuestra vida dependía de él y no era fácil vivir de él. Yo al campo, pocas veces fui y a vendimiar, alguna que otra, porque realizar las labores del campo, nunca me gustó. Pero siempre quedaron atrapadas en mis sentimientos, esas imágenes de las canastas, realizadas con varetas de olivos, por manos campesinas como las de mi tío Pepe, llenas de uvas y subidas a hombros, desplazándose hacía los serones que llevaba el mulo. Imágenes que con el paso del tiempo, tuve la gran suerte de inmortalizar en mi primera exposición individual de fotografía.




Finalizada la vendimia, llegaba uno de los momentos que más temía de cada año. Mi padre me decía: "vamos a hacer la cuenta de la uva". Se sentaba junto a mi y con todos los vales de la cooperativa en la mano, me iba haciendo anotar todos los datos. Luego me decía: "Haz la cuenta a ver cuanto dinero es". Yo repasaba una y otra vez la cuenta para no equivocarme. Cuando ya estaba segura de que estaba bien, le decía el resultado final. Invariablemente, cada año, él me decía: "no puede ser, te has equivocado". Este hecho me molestaba muchísimo porque ponía todo mi interés en hacerlo bien. Por más que le decía que estaba bien, él insistía y al repasarla, él siempre tenía razón. Sin hacer cuentas, sabía perfectamente el dinero que ganaba con la vendimia. No tardé en comprender porqué él siempre tenía razón.



El curso terminaba y nuevamente llegaba el esperado verano. Con él mi vuelta a Matalascañas. Volver a los ranchos en la playa y a vivir unos meses casi salvaje. El sonido del mar por las noches me acunaba. Aún lo llevo marcado en mi corazón. Ese verano también hacía de maestra, durante las horas que teníamos que guardar la digestión, con todos los niños y niñas que, sorprendentemente hacían todo lo que yo les proponía y me decían que les gustaba. ¡¡¡Cuánto me gustaba verlos contentos!!!

El 20 de junio de 1975, según consta en mi libro de escolaridad, superaba con buenas notas este curso. 

...CONTINUARÁ...

domingo, 14 de agosto de 2016

CAPITULO 7. EL TÍTULO DE BACHILLER ELEMENTAL. #SIEMPREFUIMAESTRA

Capítulo 7. El Titulo de Bachiller Elemental.



Los cuatro primeros cursos del Bachiller Elemental, habían terminado con múltiples aprendizajes y mucha alegría por finalizar otra etapa de mi formación.

En la página 20 de mi Libro de Calificación Escolar, está anotada la fecha del 11 de octubre de 1974 en la que aboné los derechos del título de Bachiller Elemental en la Secretaría del instituto y también, la fecha del 1 de Febrero de 1975, en la que lo recogí. Incluso está anotado el folio y el nº del registro y la fecha en la que fue expedido mi título. Mi firma aparece junto a la del Secretario y ya era bastante parecida a la que tengo en la actualidad. (Los datos más significativos, como siempre, los he borrado de la imagen)


Durante años, este ansiado título, estuvo enmarcado y colgado en mi biblioteca. Cada vez que lo miraba, sentía esa sensación de plenitud, que da la obtención de una meta alcanzada. Hoy, el recuerdo de este primer título, es tan lejano, que me produce mucha nostalgia. 


...CONTINUARÁ...

domingo, 27 de marzo de 2016

CAPÍTULO 6. EL CUARTO DE BACHILLER. #SIEMPREFUIMAESTRA

Capítulo 6. El Cuarto de Bachiller.


...el curso que recuerdo con más intensidad...

...el curso en el que no me gustaba nada, mi aspecto físico... me veía tan fea con esa cola... y no podía dejarme el pelo suelto...era incontrolable...


En el curso setenta y tres-setenta y cuatro, cursaba Cuarto de Bachiller General en Enseñanza Oficial con Beca. Tenía las siguientes Asignaturas: 

Religión, Latín, Lengua Española, Historia, Matemáticas, Física y Química, Idiomas, Educación Física, Ed Cívico Social, E. Hogar. Mi tutor era Miguel Pérez. No recuerdo exactamente en qué clase estaba. 






 Los primeros recuerdos que evoco, están relacionados con las Matemáticas. El libro que utilizábamos en clase, era de la Editorial Bruño y su precio de 82 pesetas. Recuerdo especialmente los temas relacionados con los polinomios y las ecuaciones. Además del libro, teníamos unos cuadernillos de Ecuaciones de segundo grado. 

Me gustaban las Matemáticas y se me daba muy bien la resolución de las ecuaciones y los problemas. A día de hoy, no recuerdo nada de lo que ahora veo en estos cuadernillos. Muchas veces, me los llevo al instituto y se las enseño al alumnado. Entre risas comentamos todo lo que yo he "desaprendido" con el paso de los años.





Este curso las Matemáticas también nos la enseñaba Don Javier. Sí "DON". En aquellos años, a todo el profesorado teníamos que llamarle de Usted y con el DON delante del nombre. Para mí, siempre fue un buen profesor, pero reconozco que era muy exigente. Con él yo aprendía fácilmente los contenidos de Matemáticas. Recuerdo bien que le gustaban los alumnos/as que trabajaban, que se esforzaban, que querían aprender...

Al llegar a clase siempre tenía el mismo ritual. Se sentaba en su mesa, cogía el listado de alumnos y decía con su voz potente: "a la pizarra". Iba nombrando el listado de alumnos/as al que ese día le tocaba preguntar, lo que había mandado estudiar el día anterior. Cada alumno se levantaba y se colocaba en la fila que se formaba en uno de los laterales de la clase. Había un silencio impresionante. Todos mirábamos el libro, pidiéndole a la suerte, que ese día, no nos preguntara. Cuando llegaba al final de la lista y no nos había tocado salir a la pizarra, respirábamos tranquilos. Era entonces, cuando el primero de la fila se acercaba a la pizarra y esperaba la pregunta. Si la sabía respondía y el profesor anotaba en su cuaderno la nota que le ponía. Si el alumno no la sabía y decía: "no me lo sé" , el profesor le decía: "A tu sitio, tienes un cero". Y así continuaba uno por uno, hasta el final de la fila. Luego volvía a explicar y poner ejercicios. En silencio absoluto escuchábamos su explicación y nos poníamos a hacer los ejercicios. Al día siguiente la misma rutina.

Este profesor, como ya he contado con anterioridad, en otro capítulo, me tenía afecto y valoraba mi esfuerzo y mi trabajo. Yo, normalmente había estudiado y me sabía lo que me preguntaba. Pero, en alguna ocasión, que no me lo sabía, no me mandaba a mi sitio, sino que me decía: "piensa, que seguro que te lo sabes", y me daba tiempo para pensar. En aquella época, no entendía porqué actuaba así conmigo. Con el paso del tiempo y de mi vida laboral, en los distintos Centros Educativos, he podido darme cuenta de muchas cosas y de saber la importancia que tienen los afectos en el Aprendizaje.

En la década de los setenta, las libretas que utilizábamos eran muy similares entre sí, eran bastante sobrias y de tamaño cuartilla. Imagino que no serían baratas. Lo que sí sé con certeza, que no se desperdiciaba el papel. Se rellenaban al completo y no se arrancaba ni una página.


El boli que utilizaba, en cambio, era muy similar al que utilizo hoy. En aquellos años la marca Bic ya era muy conocida y muy popular, al igual que sus anuncios publicitarios.



En la clase de hogar yo seguía creando labores. En este curso tocaba otro mantelito "tu y yo" pero esta vez, en punto de cruz. A priori la realización de esta labor, puede parecer fácil, pero la profesora nos exigía que al darle la vuelta, por detrás, estuvieran todas las líneas en vertical u horizontal... Esa exigencia hacía que tuviéramos que prestar mucha atención y que de vez en cuando, tuviéramos que deshacer el bordado. Hoy lo guardo como un preciado tesoro.



Un recuerdo muy bello de aquél curso, está asociado a la máquina de escribir. En el pueblo, en aquellos años, no creo que hubiera muchas. Ésta que recuerdo era grande, pesada y hacía un sonido bastante fuerte cuando se presionaban las teclas. Era del padre de mi amiga Antonia Mª. Cuando teníamos que hacer algún trabajo, nos íbamos a su casa y allí, nos enfrentábamos al reto de escribir a máquina. 


Otro vivo recuerdo, está asociado al hecho de estudiar por la mañana. Por la noche le repetía insistentemente a mi padre que me llamara cuando él se despertara, para estudiar. Y él, a las seis de la mañana, que era su hora habitual de levantarse, lo hacía. Me llamaba. Yo me despertaba, encendía la luz y me ponía a estudiar, aunque rápidamente me volvía a dormir. Siempre he sido dormilona. Así que tomé la decisión de estudiar por la noche. Por la mañana, jamás era capaz de enterarme de nada. 

Al hilo de este recuerdo, llega otro asociado a la recogida de la aceituna. En muy contadas ocasiones iba al campo, porque creo que más que ayudar, lo que hacía era entorpecer. Pero sí recuerdo el frío que hacía cogiendo las aceitunas y como las manos se me quedaban casi congeladas. No me gustaba ir al campo a trabajar. En cambio, me fascinaba mirar los colores de la naturaleza, sentir el aire puro en mi cara, escuchar el sonido del campo, mirar el sol filtrándose entre las hojas de los árboles, ver a los hombres con su típica vestimenta, sus gorras, pañuelos... Imágenes éstas últimas para el recuerdo y que aún tuve la suerte de poder fotografiar en la década de los noventa. Estas dos fotografía formaron parte de mi Primera Exposición Individual que dediqué a mi padre y a todos los campesinos y que inauguré empezando el nuevo milenio, el 10 de noviembre de 2000.



De esa época tengo la suerte de conservar en mi casa una tinaja, una vieja azada, un alicate... que miro cariñosamente cada día.




La Religión, este año también seguía formando parte de nuestra vida cotidiana dentro y fuera del instituto. Los domingo íbamos a misa y normalmente el día antes, pasábamos a confesar. La confesión en ese tiempo, se convertía en una odisea. En aquellos años, en la tele ponían uno o dos rombos a las películas de mayores. Era pecado verlas. El sábado había que confesarse de ese pecado y el cura que entonces estaba en el pueblo, era muy exigente. En cuanto llegabas a confesarte y le decías: "padre me acuso de que he visto películas de mayores", el decía: "Fuera". No había posibilidad de confesión, ni de perdón.

Así que antes de la hora de la confesión, recuerdo que se formaba una cola fuera de la iglesia. El más atrevido/a se aventuraba a intentarlo. A los pocos minutos, salía diciendo: "ya me ha echado". Todos nos íbamos sin confesar.


Cuando salía del instituto, recuerdo que seguía escuchando mucho la vieja radio. No sé muy bien a qué hora se emitía una radionovela que se titulaba "Lucecita". Si recuerdo que había como un eco, que se expandía por el aire de una casa a otra, repitiendo ese nombre: Lucecita... Comentar lo que sucedía en cada capítulo, era uno de los entretenimientos de nuestras madres y también de algunas de mis amigas. 



Múltiples momentos felices están asociados al programa infantil "Los Chiripitiflaúticos" con sus personajes Locomotoro, El Capitan Tan, Valentina, el Tio Aquiles y los Hermanos Malasombra. Las amigas nos juntábamos en la casa de Rosario para reír con las aventuras de estos personajes.

Los sabores de aquél año están unidos irremediablemente a las meriendas de pan con chocolate "Virgen de los Reyes", al palo dul, y el rico flan de la marca Flanin, que con tanto mimo hacía mi tía Asunción. 



Aquél verano también fue muy especial. Como comentaba al principio de esta entrada, mi pelo era tan rebelde que era imposible llevarlo suelto. Quería cortármelo pero mi padre no me dejaba. Me pasé mucho tiempo insistiendo hasta que por fin, ese verano, me dejó cortármelo. Recuerdo lo feliz y contenta que estaba. Me miraba al espejo y me veía más guapa. 

Un verano en el que nuevamente me pasé varios meses en la salvaje Matalascañas, bañándome, paseando, cogiendo coquinas, jugando y comiendo las salvajes caramiñas (a la que recuerdo llamar camarindas). A las caramiñas se le llamaba “hierba del hambre” ya que durante la Guerra Civil la gente comía su fruto para engañar al estómago debido a la escasez de otros alimentos. ¡Ahora es una especie protegida que me encanta admirar cuando paseo por la Cuesta Maneli.



Un nuevo sabor apareció también ese verano, de la mano de los Yogures Yoplait. Me gustaban todos los sabores, de la misma manera que me fascinaban las carpetas de esta marca, que intentaba coleccionar.




...recuerdos, recuerdos en el tiempo, del pasado al presente...

...CONTINUARÁ...