domingo, 27 de marzo de 2016

CAPÍTULO 6. EL CUARTO DE BACHILLER. #SIEMPREFUIMAESTRA

Capítulo 6. El Cuarto de Bachiller.


...el curso que recuerdo con más intensidad...

...el curso en el que no me gustaba nada, mi aspecto físico... me veía tan fea con esa cola... y no podía dejarme el pelo suelto...era incontrolable...


En el curso setenta y tres-setenta y cuatro, cursaba Cuarto de Bachiller General en Enseñanza Oficial con Beca. Tenía las siguientes Asignaturas: 

Religión, Latín, Lengua Española, Historia, Matemáticas, Física y Química, Idiomas, Educación Física, Ed Cívico Social, E. Hogar. Mi tutor era Miguel Pérez. No recuerdo exactamente en qué clase estaba. 






 Los primeros recuerdos que evoco, están relacionados con las Matemáticas. El libro que utilizábamos en clase, era de la Editorial Bruño y su precio de 82 pesetas. Recuerdo especialmente los temas relacionados con los polinomios y las ecuaciones. Además del libro, teníamos unos cuadernillos de Ecuaciones de segundo grado. 

Me gustaban las Matemáticas y se me daba muy bien la resolución de las ecuaciones y los problemas. A día de hoy, no recuerdo nada de lo que ahora veo en estos cuadernillos. Muchas veces, me los llevo al instituto y se las enseño al alumnado. Entre risas comentamos todo lo que yo he "desaprendido" con el paso de los años.





Este curso las Matemáticas también nos la enseñaba Don Javier. Sí "DON". En aquellos años, a todo el profesorado teníamos que llamarle de Usted y con el DON delante del nombre. Para mí, siempre fue un buen profesor, pero reconozco que era muy exigente. Con él yo aprendía fácilmente los contenidos de Matemáticas. Recuerdo bien que le gustaban los alumnos/as que trabajaban, que se esforzaban, que querían aprender...

Al llegar a clase siempre tenía el mismo ritual. Se sentaba en su mesa, cogía el listado de alumnos y decía con su voz potente: "a la pizarra". Iba nombrando el listado de alumnos/as al que ese día le tocaba preguntar, lo que había mandado estudiar el día anterior. Cada alumno se levantaba y se colocaba en la fila que se formaba en uno de los laterales de la clase. Había un silencio impresionante. Todos mirábamos el libro, pidiéndole a la suerte, que ese día, no nos preguntara. Cuando llegaba al final de la lista y no nos había tocado salir a la pizarra, respirábamos tranquilos. Era entonces, cuando el primero de la fila se acercaba a la pizarra y esperaba la pregunta. Si la sabía respondía y el profesor anotaba en su cuaderno la nota que le ponía. Si el alumno no la sabía y decía: "no me lo sé" , el profesor le decía: "A tu sitio, tienes un cero". Y así continuaba uno por uno, hasta el final de la fila. Luego volvía a explicar y poner ejercicios. En silencio absoluto escuchábamos su explicación y nos poníamos a hacer los ejercicios. Al día siguiente la misma rutina.

Este profesor, como ya he contado con anterioridad, en otro capítulo, me tenía afecto y valoraba mi esfuerzo y mi trabajo. Yo, normalmente había estudiado y me sabía lo que me preguntaba. Pero, en alguna ocasión, que no me lo sabía, no me mandaba a mi sitio, sino que me decía: "piensa, que seguro que te lo sabes", y me daba tiempo para pensar. En aquella época, no entendía porqué actuaba así conmigo. Con el paso del tiempo y de mi vida laboral, en los distintos Centros Educativos, he podido darme cuenta de muchas cosas y de saber la importancia que tienen los afectos en el Aprendizaje.

En la década de los setenta, las libretas que utilizábamos eran muy similares entre sí, eran bastante sobrias y de tamaño cuartilla. Imagino que no serían baratas. Lo que sí sé con certeza, que no se desperdiciaba el papel. Se rellenaban al completo y no se arrancaba ni una página.


El boli que utilizaba, en cambio, era muy similar al que utilizo hoy. En aquellos años la marca Bic ya era muy conocida y muy popular, al igual que sus anuncios publicitarios.



En la clase de hogar yo seguía creando labores. En este curso tocaba otro mantelito "tu y yo" pero esta vez, en punto de cruz. A priori la realización de esta labor, puede parecer fácil, pero la profesora nos exigía que al darle la vuelta, por detrás, estuvieran todas las líneas en vertical u horizontal... Esa exigencia hacía que tuviéramos que prestar mucha atención y que de vez en cuando, tuviéramos que deshacer el bordado. Hoy lo guardo como un preciado tesoro.



Un recuerdo muy bello de aquél curso, está asociado a la máquina de escribir. En el pueblo, en aquellos años, no creo que hubiera muchas. Ésta que recuerdo era grande, pesada y hacía un sonido bastante fuerte cuando se presionaban las teclas. Era del padre de mi amiga Antonia Mª. Cuando teníamos que hacer algún trabajo, nos íbamos a su casa y allí, nos enfrentábamos al reto de escribir a máquina. 


Otro vivo recuerdo, está asociado al hecho de estudiar por la mañana. Por la noche le repetía insistentemente a mi padre que me llamara cuando él se despertara, para estudiar. Y él, a las seis de la mañana, que era su hora habitual de levantarse, lo hacía. Me llamaba. Yo me despertaba, encendía la luz y me ponía a estudiar, aunque rápidamente me volvía a dormir. Siempre he sido dormilona. Así que tomé la decisión de estudiar por la noche. Por la mañana, jamás era capaz de enterarme de nada. 

Al hilo de este recuerdo, llega otro asociado a la recogida de la aceituna. En muy contadas ocasiones iba al campo, porque creo que más que ayudar, lo que hacía era entorpecer. Pero sí recuerdo el frío que hacía cogiendo las aceitunas y como las manos se me quedaban casi congeladas. No me gustaba ir al campo a trabajar. En cambio, me fascinaba mirar los colores de la naturaleza, sentir el aire puro en mi cara, escuchar el sonido del campo, mirar el sol filtrándose entre las hojas de los árboles, ver a los hombres con su típica vestimenta, sus gorras, pañuelos... Imágenes éstas últimas para el recuerdo y que aún tuve la suerte de poder fotografiar en la década de los noventa. Estas dos fotografía formaron parte de mi Primera Exposición Individual que dediqué a mi padre y a todos los campesinos y que inauguré empezando el nuevo milenio, el 10 de noviembre de 2000.



De esa época tengo la suerte de conservar en mi casa una tinaja, una vieja azada, un alicate... que miro cariñosamente cada día.




La Religión, este año también seguía formando parte de nuestra vida cotidiana dentro y fuera del instituto. Los domingo íbamos a misa y normalmente el día antes, pasábamos a confesar. La confesión en ese tiempo, se convertía en una odisea. En aquellos años, en la tele ponían uno o dos rombos a las películas de mayores. Era pecado verlas. El sábado había que confesarse de ese pecado y el cura que entonces estaba en el pueblo, era muy exigente. En cuanto llegabas a confesarte y le decías: "padre me acuso de que he visto películas de mayores", el decía: "Fuera". No había posibilidad de confesión, ni de perdón.

Así que antes de la hora de la confesión, recuerdo que se formaba una cola fuera de la iglesia. El más atrevido/a se aventuraba a intentarlo. A los pocos minutos, salía diciendo: "ya me ha echado". Todos nos íbamos sin confesar.


Cuando salía del instituto, recuerdo que seguía escuchando mucho la vieja radio. No sé muy bien a qué hora se emitía una radionovela que se titulaba "Lucecita". Si recuerdo que había como un eco, que se expandía por el aire de una casa a otra, repitiendo ese nombre: Lucecita... Comentar lo que sucedía en cada capítulo, era uno de los entretenimientos de nuestras madres y también de algunas de mis amigas. 



Múltiples momentos felices están asociados al programa infantil "Los Chiripitiflaúticos" con sus personajes Locomotoro, El Capitan Tan, Valentina, el Tio Aquiles y los Hermanos Malasombra. Las amigas nos juntábamos en la casa de Rosario para reír con las aventuras de estos personajes.

Los sabores de aquél año están unidos irremediablemente a las meriendas de pan con chocolate "Virgen de los Reyes", al palo dul, y el rico flan de la marca Flanin, que con tanto mimo hacía mi tía Asunción. 



Aquél verano también fue muy especial. Como comentaba al principio de esta entrada, mi pelo era tan rebelde que era imposible llevarlo suelto. Quería cortármelo pero mi padre no me dejaba. Me pasé mucho tiempo insistiendo hasta que por fin, ese verano, me dejó cortármelo. Recuerdo lo feliz y contenta que estaba. Me miraba al espejo y me veía más guapa. 

Un verano en el que nuevamente me pasé varios meses en la salvaje Matalascañas, bañándome, paseando, cogiendo coquinas, jugando y comiendo las salvajes caramiñas (a la que recuerdo llamar camarindas). A las caramiñas se le llamaba “hierba del hambre” ya que durante la Guerra Civil la gente comía su fruto para engañar al estómago debido a la escasez de otros alimentos. ¡Ahora es una especie protegida que me encanta admirar cuando paseo por la Cuesta Maneli.



Un nuevo sabor apareció también ese verano, de la mano de los Yogures Yoplait. Me gustaban todos los sabores, de la misma manera que me fascinaban las carpetas de esta marca, que intentaba coleccionar.




...recuerdos, recuerdos en el tiempo, del pasado al presente...

...CONTINUARÁ...

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